Los artesanos del tenis: «Si desaparecemos, no se puede jugar»

Los dedos entumecidos y la espalda dolorida son señales inequívocas de que la noche amenaza con extender sus sombras para un trabajo que navega entre lo técnico y lo artesanal. Emergió, este oficio, cuando lo hizo el tenis, consolidándose como parte esencial de su desempeño. Con el tiempo, ha ido adaptándose a las necesidades de cada tenista. Delicado en su naturaleza, el tenis cuenta con grandes equipos que, en una suerte de anonimato, preparan lo que en la pista se disputa. Son los encordadores los encargados del correcto desempeño de unas raquetas que no son un elemento más del sistema tenístico, sino una parte inamovible de él. Su labor no es baladí. «Los tenistas dependen de tu trabajo, entonces la responsabilidad de conseguir casi la excelencia es un punto de presión añadida», cuenta Daniel. Con ayuda de una máquina que regula la presión, coloca con sutileza el cordaje sobre la raqueta de la joven Mirra Andreeva. «No podemos hacer que ganen pero, si tenemos un error, pueden no tener un buen rendimiento», asegura este valenciano que, al margen de este torneo, ostenta una tienda en la que ejerce el mismo trabajo y por la que han pasado personalidades como el tenista español Benjamín Winter . Se salpican los colores sobre una de las estanterías que se yerguen en el espacio habilitado por Head en el Mutua Madrid Open, donde los encordadores pasan largar jornadas. Son los rollos de cordaje, apilados a la espera de ser utilizados, envueltos en un plástico en cuya transparencia reza el nombre del tenista que allí lo ha depositado. Cada jugador solicita una tensión o un sistema de encordado diferente. «Al principio del torneo suelen ir probando diferentes tensiones, luego se estabilizan», cuenta Gorka Alday, jefe de encordadores. Para él, es ya cotidiano el contacto con tenistas de elevada categoría, pues no son pocos los que, en vez de enviar a alguien de su equipo a entregar y recoger las raquetas, prefieren hacerlo ellos mismos. «Nosotros no inventamos, el jugador nos marca qué es lo que quiera y cómo lo quiere, y lo aplicamos», relata. Mientras explica su ocupación, Rafa Jódar acude a recoger una de las enviadas a encordar durante el partido que terminó con su paso por el torneo madrileño. Raquetas como la suya, entregadas durante su tiempo en pista, cuentan con prioridad y suelen tardar menos de 20 minutos en mudar su piel. Está previsto que, al término del torneo, el volumen de raquetas que habrán encordado rondará las 4.000. Hacia el final de la competición, cuando apenas quedan deportistas en pie, el elevado ritmo de las primeras jornadas se reduce. Entre sus días de más trajín, el domingo anterior al comienzo de los partidos. «Este año salieron 500», cuenta Alday, sobre aquella sesión que tantos nervios e incertidumbre causa entre quienes compiten. Gestionar tal carga de trabajo dista mucho de ser una tarea sencilla, por lo que se precisaron las manos de 18 encordadores y siete ayudantes, encargados de atender a los jugadores o miembros de su equipo. Ahora, rozando el final de dos semanas de deporte y espectáculo, son unos cinco quienes se mantienen trabajando. Proceden de la Global Racket Sports Association (GRSA), que propone a los que llevarán a cabo el servicio, que han de tener experiencia en diversos torneos. Desde la asociación, establecen unos patrones de uniformidad en la tarea, ya que no existe una formación concreta que otorgue el conocimiento de un oficio caracterizado por la precisión. No se trata, sin embargo, de un grupo estable y cerrado que viaje a todas las competiciones, sino que cada encordador tiene asignado sus destinos. Una vez en los torneos, realizan turnos para descansar, pero los días son largos en campeonatos de este calibre y ellos llegan a la Caja Mágica antes del primer entrenamiento. «Las raquetas se tienen que encordar, si desaparecemos y no se encuerdan no se puede jugar», asegura Alday. Este año, el equipo cuenta con profesionales de diversas partes del mundo, como China, Francia o Alemania. Entre los que llevan más tiempo, hay quienes ya son reconocidos por los tenistas. Su trabajo va más allá del encordado y así lo saben quienes ofrecen sus horas a ello. Cuentan que no solo buscan que la raqueta ejerza su desempeño, sino transmitir al jugador el porqué de las sensaciones que experimenta sobre la pista y que, en muchas ocasiones, son fruto de la respuesta de la raqueta a los cambios de temperatura. Los tenistas juegan con la pelota y los encordadores lo hacen con la tensión, hilvanando cordajes y permitiendo, entre quienes se baten en duelo sobre la arcilla, una conversación silenciosa.
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