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    Sudor, placajes y melés de respeto tras los muros de la prisión


    En la grada del Estadio Nacional Complutense de Madrid, el Central para el rugby español , una niña espera el final de un partido para abrazar a su padre. Él cruza el campo todavía con la camiseta puesta, cansado, rodeado de compañeros que se felicitan entre choques de manos y pasillos de respeto. La escena dura poco, apenas unos segundos, pero explica casi todo lo que se juega en el III Torneo Nacional de Rugby Penitenciario. No va de ganar. O no solo. Va de salir durante unas horas, volver a sentirse parte de algo y recordar que la reinserción también puede empezar en un campo. La cita, celebrada en Madrid, reunió a internos de centros penitenciarios de varias comunidades en una jornada organizada por la Fundación Rugby Cisneros y la Fundación Santa Teresa, con la colaboración de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, la Universidad Complutense, la Federación de Rugby de Madrid y más de un centenar de voluntarios. Participaron equipos masculinos y femeninos de centros de Madrid, Valladolid , Asturias, Burgos y Zaragoza, acompañados por clubes, fundaciones y asociaciones que trabajan con ellos durante el año. El torneo es solo la parte visible de un trabajo mucho más largo. En varios centros penitenciarios españoles se han creado equipos de rugby con apoyo de clubes locales y entidades sociales. Los internos entrenan durante la temporada dentro de prisión y cuando llega una cita como esta, tienen salidas programadas, una fórmula recogida en el marco penitenciario para actividades con finalidad terapéutica, cultural o deportiva. Después juegan, conviven y regresan al centro. Lourdes Gil, coordinadora de Tratamiento y Gestión Penitenciaria de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, explica que el deporte siempre ha estado presente en prisión, pero que el rugby ofrece algo especialmente útil. «Hay personas que tienen más dificultades para aceptar las normas, y el rugby hace que entiendan que aceptarlas tiene sentido», señala. Ese aprendizaje, añade, termina notándose también en la vida diaria de los internos. La idea conecta con el Proyecto Alcatraz España, puesto en marcha en 2023 por la Fundación Rugby Cisneros con aprobación de Instituciones Penitenciarias. El programa se desarrolla en Alcalá Meco-Madrid II y nace inspirado en la experiencia venezolana de la Fundación Santa Teresa, que desde 2003 utiliza el rugby como herramienta de transformación social. La filosofía es sencilla de explicar y difícil de construir: usar un deporte de contacto para enseñar respeto, humildad, convivencia y responsabilidad. Sinkiry Pacheco, interna y jugadora, lo resume sin grandes discursos. Llegó al rugby dentro de prisión porque la animaron a probar y encontró algo más que una actividad para pasar el tiempo. «Yo soy muy impulsiva y me ha ayudado a manejar la paciencia y ser más tolerante», cuenta. Poder salir a disputar un torneo como este, dice, es «una oportunidad» para respirar otro ambiente, distraerse y olvidar durante un rato los problemas. El cambio no siempre empieza por una gran revelación. A veces, según quienes trabajan con ellos, empieza por presentarse a entrenar, cumplir una norma, respetar al rival o entender que el compañero necesita de uno para avanzar. Álvaro, entrenador de los Meco Dragons, ve esa evolución semana a semana. «Al principio se apuntan como una oportunidad para salir del módulo, pero luego se dan cuenta de que es una familia, una amistad», explica. Para él, el cambio acaba siendo «casi social más que deportivo». Ese ambiente se vio durante toda la jornada en el Central. Hubo placajes, carreras y partidos, pero también pasillos, disculpas después de cada choque, abrazos con familiares y terceros tiempos, una de las tradiciones más reconocibles del rugby. Manuel García, director del Proyecto Alcatraz España, insiste en que el objetivo es «agitar la familia del rugby en España» para que allí donde haya una cárcel y un club cercano puedan llegar estos valores. «Soñábamos con esto», reconoce al hablar del crecimiento del torneo, que en tres ediciones casi ha duplicado el número de centros participantes. Cuando termina la jornada, los jugadores recogen sus cosas y regresan a sus centros. El torneo acaba, pero el trabajo sigue dentro, en entrenamientos, rutinas y pequeñas responsabilidades que muchas veces no se ven. La imagen que queda no es un resultado ni una clasificación. Es la de internos, voluntarios, entrenadores, familiares y rivales compartiendo un mismo espacio sin que el pasado pese más que el presente. En un deporte donde nadie avanza solo, el balón ovalado se ha convertido para muchos en una forma de volver a intentarlo.
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