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    «Jamás perdonaré a algunos periodistas, son matones, deshonestos y les desprecio»


    ¿Qué sentimiento es más fuerte, la felicidad o el rencor? Aimé Jacquet (84 años) acababa de ganar un Mundial de fútbol, el mayor éxito al que aspira cualquier profesional del fútbol. Y lo había hecho como entrenador de la selección de su país, Francia, y en París, capital de la nación. Acababa de escribir para siempre su nombre en la historia como líder del equipo galo que se proclamó campeón del mundo por primera vez (Francia repetiría dos décadas después, en Rusia 2018), pero no fue alegría suficiente para curar la herida que dañaba su alma desde hacía meses. Jacquet había recibido una ingente cantidad de críticas desde que fue nombrado seleccionador (1994) y Francia encadenó una racha de empates, varios de ellos sin goles, durante las eliminatorias para la Eurocopa de 1996. Tanto es así que, haciendo un juego de palabras con su nombre de pila, empezaron a llamarle 'el mal amado' (Aimé significa amado en francés). Los medios describían a Jacquet como un hombre blando, sin carácter para capitanear un vestuario lleno de estrellas mundiales. Una acusación que arreció tras conocerse una lista de convocados para el Mundial sin jugadores de fuerte personalidad como Cantona o Ginola. Algunos periodistas tildaron al técnico de «cobarde» argumentando que, al carecer de liderazgo y carisma, tenía miedo a futbolistas de ese perfil y prefería trabajar con un plantel sumiso. Eso fue lo que más le dolió a Jacquet. Las opiniones que, con el disfraz de deportivas, rozaban o aludían directamente a aspectos personales. Por ejemplo, el estigma de «provinciano» que le adjudicaban. Nacido en Sail-sous-Couzan, un pequeño pueblo de la región del Loira, el seleccionador provenía de una humilde familia de carniceros, datos que en sectores de la prensa parisina, centralista y elitista, fueron utilizados como armas verbales y escritas para ridiculizarlo. Lo retrataban como un hombre «rústico» y sin la sofisticación necesaria para capitanear el equipo que representaba a la República Francesa. Y para ello empleaban términos despectivos como «plouc (paleto)», comparándole con figuras legendarias y glamurosas del fútbol francés tipo Platini. En esa misma línea, se mofaban de sus modos y maneras de hablar y expresarse. Jacquet tenía un fuerte acento de su región natal y, sometido a enorme presión cada vez que comparecía en rueda de presa, su sintaxis flojeaba y los periodistas destacaban con saña a su «discurso monótono y balbuciente», así como su limitado vocabulario. «Sus alocuciones son arcaicas, carecen por completo de lucidez intelectual y es incapaz de articular una idea futbolística compleja», llegaron a decir de él. Y el popular programa satírico 'Los Guiñoles', emitido por la cadena de televisión Canal+, le caricaturizaba cada noche como un hombre bonachón, pero simplón, incapaz y desbordado por los acontecimientos. A medida que se acercaba el Mundial la tensión aumentaba. Algunos cronistas sugirieron incluso, de forma velada o directamente, que Jacquet estaba loco o que la presión le estaba afectando mentalmente. Sus decisiones eran catalogadas como «delirios» o «paranoias». Lo que peor le sentó a Jacquet, según confesó años después, no fueron esas faltas de respeto e insultos hacia él, sino el sufrimiento de sus familiares más cercanos. El padecimiento de su mujer y el de sus hijos en el colegio después de escuchar y leer que su esposo y padre era un «inútil» y poco menos que «el enemigo público número uno de Francia». Llegó junio, comenzó el Mundial y la selección gala firmó un pleno de solventes victorias en su grupo preliminar: Sudáfrica (3-0), Arabia (4-0) y Dinamarca (2-1). A partir de ahí fue pasando de ronda tras derrotar sucesivamente a Paraguay (1-0), Italia (0-0 por penaltis) y Croacia (2-1). El 12 de julio de 1998 la Francia de Aimé Jacquet se plantó en la final del Mundial y ganó a la gran favorita . Goleó al Brasil de Cafú, Roberto Carlos, Rivaldo, Bebeto, Ronaldo... y el técnico galo, tras recoger el preciado trofeo junto a sus pupilos, decidió contarle al mundo lo que llevaba dentro: «Cierto sector de la prensa mintió descaradamente y jamás les perdonaré. No siento más que desprecio por esa gente. Son matones, irresponsables, deshonestos, incompetentes y poseedores del monopolio de la estupidez», declaró. Y a renglón seguido presentó su renuncia como seleccionador de la recién proclamada campeona del mundo de fútbol.
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