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    Xabi Alonso se impone a Arbeloa en el derbi de los amigos


    El fútbol los hizo amigos y luego se pasó veinte años decidiendo qué hacer con esa amistad. Los juntó en Anfield, los hizo tocar la gloria en tres ocasiones con la selección y les dio cinco años juntos vestidos de blanco para terminar de unirlos. Y cuando parecía que no quedaba nada por compartir, llegó la crueldad. Arbeloa se sentó la temporada pasada en la silla de la que su amigo Xabi había sido arrojado días antes, acabando el curso con ambos en la calle. Este lunes se reencontraron convertidos en rivales. La simetría alcanzó a las plantillas. Alonso heredó en el Chelsea el vestuario más joven de la Premier —23,4 años de media, ni un solo futbolista en la treintena— y ha dedicado el verano a envejecerlo. De los fichajes que han disparado el gasto del Chelsea por encima de los 400 millones, los dos que mejor explican su plan apenas han costado dinero: Henderson (36 años) y Welbeck (35 años), dos veteranos reclutados para poner cabeza donde sobraban piernas. El reverso es un atasco de ricos: cerca de cuarenta futbolistas en nómina para veinticinco fichas. Enfrente, su espejo. El Fulham cerró la pasada campaña como la plantilla más veterana de la liga —29 años de media— y Arbeloa se ha dedicado a rejuvenecerla. Trajo con él a Gonzalo (22 años) y a Palacios (21 años) por unos 50 millones, y les entregó las llaves del ataque que dejaron huérfano Raúl Jiménez y Wilson, autores de casi la mitad de los goles el curso pasado. Ni tiempo tuvo el espectador de acomodarse cuando el trío español del Fulham firmó un arranque para el olvido: Cuenca regaló un envío largo, Palacios se durmió en la disputa y Joao Pedro cazó la presa para asestar el 0-1 antes del primer minuto. Xabi desempolvó el dibujo que lo encumbró en Leverkusen —tres centrales y dos carrileros— para adueñarse del choque. Arbeloa avisó en la previa («Durante noventa minutos no seremos amigos»), pero fue el Chelsea quien se lo tomó a rajatabla con dos amarillas tempraneras. Cuando el vendaval 'blue' bajaba, el Fulham igualó por medio de King tras un fallo de Robert Sánchez, pero al borde del descanso, Rogers devolvió la ventaja a los visitantes (1-2) tras una gran maniobra de Lacroix. Palmer arrancó el segundo tiempo una jugada maradoniana: serpenteó entre tres rivales a base de fintas con el cuerpo, pero no encontró premio inmediato. Justo después, Joao Pedro estiró una contra que parecía abocada al limbo para servir el 1-3 al propio Palmer. Sin embargo, cuando mejor fútbol bordaba el Chelsea, un nuevo despeje defectuoso dejó la pelota plácida a Gonzalo, que metió la cabeza para recortar distancias. A partir ahí, las piernas comenzaron a pesar y el choque se durmió en la imprecisión: faltas a destiempo, controles defectuosos y remates al aire precipitaron el desenlace. Un rápido abrazo cerró el choque en el que Alonso dio la razón a los acérrimos de su propuesta táctica y se impuso a su amigo en un derbi londinense con morbo madridista que ya descansa en los anales del fútbol inglés.
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