Goleada casi sin querer antes del Camp Nou

Cuarta victoria consecutiva del Madrid, tercera en Champions, para encauzar ya la clasificación a octavos y allanar el camino al top-8. Ganaron los blancos a un Leipzig tan bonito de ver como inocente de defender. Goles de Bernardo, Arda, Mbappé y Diomande, y a pensar en el Camp Nou, una final en plena jornada 10. Introdujo cinco cambios Mourinho respecto al once que ganó al Sevilla. Bernardo, por fin titular, junto a Camavinga. Doble pivote inédito. Vinicius, como ya había anunciado Mourinho, dueño de la banda izquierda, y detrás de él Carreras. Y Rudiger también jugó de inicio, dejando a Konaté en el banquillo. El que sí repitió titularidad, y puesto, fue Valverde. Otra vez lateral derecho. Mourinho ha necesitado dos meses para darse cuenta de que Dumfries y Trent son lo que son. Salieron del vestuario abrazados el luso y Demichelis, compartiendo confidencias y risas. Y sus equipos debieron tomar nota. Los primeros quince minutos fueron una pachanga de amigos con resaca un 15 de julio en plena playa. El Leipzig vivía muy cómodo moviendo el balón de un lado a otro y el Madrid se tomaba el partido con calma. Solo Nusa, el extremo noruego que deslumbró en el Mundial, y Arda tenían ganas de salir a bailar. Pero no tenían pareja. Cada balón que pasaba por ambos jugadores mejoraba la jugada. El extremo del Leipzig provocaba pánico en Valverde y el centrocampista turco hacía lo mismo con Raum. Entre ambos no suman ni 80 pulsaciones dentro del área. Y les da de sobra. El Bernabéu, en su línea habitual de esta temporada, aguantó veinte minutos este numerito. Justo hasta que Vinicius, en una contra de cuatro para tres, acabó regalando el balón con un pase de mala ejecución que abortó la ocasión blanca. Se llevó la correspondiente pitada, su pan de cada día desde hace ya muchos meses. Silbidos que contrastaron con una ovación a Arda, justo un minuto después, tras robar un balón en su propia medialuna, interceptando una peligrosa acción de ataque de los alemanes y manteniendo la pelota entre varios rivales hasta obligar al repliegue alemán. El día y la noche. Luego, Vinicius sacó su orgullo y tuvo un par de disparos a puerta y una ayuda en defensa que el Bernabéu le agradeció, pero no tanto como para comulgar con la grada de animación, que, cuando vitoreaba al brasileño, se llevó la pitada del resto del estadio. Donde hubo, hay y habrá unanimidad es con Courtois. El belga salvó al Madrid del 0-1 en dos claras ocasiones del Leipzig. La primera, en el 28. Media volea de Romulo a la altura del punto de penalti y parada galáctica de Thibaut. Es científicamente inexplicable que un tipo de dos metros pueda retorcer así sus costillas. Escorzo y mano dura abajo. Lo celebró como si hubiera ganado la Champions. Normal. Luego, en el 41, le sacó un mano a mano a Nkunku. Al lado de la primera parada, esta parecía una más, pero es que Courtois ha convertido en rutina lo que para el resto de los porteros sería el partido de su vida. Recital que, como tantas otras veces, fue el prólogo de un gol del Madrid. Lo anotó en el 43 Bernardo, tras una buena combinación entre Arda, Mbappé y Valverde, con remate del turco, rechace en Orbán, balón por debajo de las piernas de Vandevoordt y Silva, en modo Raúl, cazó el balón en la raya de gol para llevarlo a la red. 1-0. Petróleo debajo del hipogeo. Y de las alas de Courtois. El partido se quedó sin historia en el 53, minuto del 2-0. Centro de Bellingham por banda izquierda, toque de cabeza de Mbappé en el segundo palo y espuela de Guler en el primero. Se reía el francés. Y celebraba el turco. Primer gol en Champions esta temporada, tercero de todo el curso. Con ventaja doble, casi cuarenta minutos por delante y un Leipzig que firmaba el resultado, el Madrid se puso a pensar en el clásico, donde se juega muchas de sus opciones de poder pelear la Liga esta temporada. Una derrota sería mirar el campeonato con prismáticos a finales de octubre. Y no está este Madrid de dos años en blanco como para hacer regalos a dos meses de las Navidades. Mbappé, Gomis y un golazo de Diomande le dieron algo de salsa a los últimos minutos, pero ya no había carne donde mojar. 4-1, nueve puntos y el clásico ya entre ceja y ceja.
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